Europa está sola

El eje Atlántico forjado durante dos guerras mundiales y que fue garante de una paz duradera en medio de la guerra fría está muerto. La segunda venida de Donald Trump al trono del imperio estadounidense está siendo mucho más traumática y disruptiva que la primera. Si las amenazas comerciales no eran suficientemente claras, lo acaecido entre la cumbre de Múnich y la reunión en Arabia de las delegaciones rusa y estadounidense para negociar una paz en Ucrania –sin Ucrania y sin el resto de Europa– no puede dejar lugar a la duda.


Europa está sola.

Ya no se puede confiar en el antiguo aliado. El Make America Great Again en realidad significa desprenderse de todo comportamiento dictado por o sujeto a normas (los acuerdos internacionales, como los de la Organización Mundial del Comercio, los de las declaraciones de la ONU) y convertirse en un Estado agresivo e individualista que solo persigue incrementar el tamaño de su trozo de la tarta geopolítica y frenar los avances de la emergente China. Todo ello envuelto en un discurso de guerra cultural en el que nada de lo previo puede sobrevivir; una especie de nueva Revolución Cultural en la que la realidad puede ser sepultada por toneladas de mentiras y las ideas contrarias se menosprecian etiquetándolas como «wokes» sin prestar atención ni a los argumentos ni a los hechos.

En el interior del país, el movimiento MAGA está desmontando cualquier atisbo de oposición, aprovechando los momentos de desorientación de los demócratas y de la propia sociedad estadounidense. Y en el exterior está abriendo frentes comerciales en todas partes, confiando en que el atractivo del mercado americano será suficiente para arrancar concesiones comerciales para las empresas estadounidenses. Y en esto se comporta como la Europa imperialista del siglo XIX, dejando atrás todo lo que sabemos sobre las ganancias del comercio internacional y despreciando las fronteras establecidas.

Esperemos que la sociedad estadounidense despierte de esta especie de encantamiento y pueda reequilibrar la situación en las elecciones de medio mandato.

Pero hasta finales de 2028, por lo menos, los europeos ya no podremos contar con los Estados Unidos para prácticamente nada que no sea competición pura y dura. Y puede que hasta nos venga bien. De pronto, el hermano mayor que nos supervisaba y que aparecía en el último momento para echarnos una mano ha desaparecido. Bueno, más bien, ha decidido que pasa de nosotros y que ya no somos familia. Tendremos que madurar sí o sí.

Obviamente, la ruptura ha sido tan repentina que aún estamos en shock. No queremos creer lo que está pasando. Sin embargo, a diferencia de 1914 o 1939 tenemos unas instituciones comunes que nos han permitido avanzar cooperando desde la posguerra e ir integrando poco a poco a la mayoría de los países del continente, incluidos muchos de la antigua Europa del Este. Hoy, en tenemos un bloque relativamente sólido que se llama Unión Europea. Es cierto que no es un bloque homogéneo y que sus miembros suelen mirar muy a menudo por sus propios intereses. Incluso, es un bloque que ha sufrido bajas, como la del Reino Unido. Pero nunca antes habíamos tenido algo así.

A diferencia de 1914 o 1939 tenemos unas instituciones comunes que nos han permitido avanzar cooperando desde la posguerra e ir integrando poco a poco a la mayoría de los países del continente

Tal y como está la situación, Europa tiene que hacerse valer como un grupo cohesionado. Ninguno de los países miembros por sí mismo puede hacer frente ni a Estados Unidos, ni a China, ni a la emergente India. Pero juntos somos una comunidad de 449 millones de habitantes, que cuenta con importantes capacidades industriales, tecnológicas y militares; que produce los alimentos de mayor calidad del mundo y que, a diferencia de otras potencias, cumple con la legalidad internacional la mayor parte de las veces (tampoco nos flipemos demasiado).

Ante el reto que supone el nuevo orden internacional, la Unión Europea debería coordinar aún más sus esfuerzos militares, haciendo compatibles las estrategias de defensa de los países del Mediterráneo con los del Este, colaborando en el desarrollo de nuevas capacidades, incluso aportando instrumentos financieros mancomunados y solidarios. Incluso tendría que situarse en un escenario con una OTAN finiquitada o completamente inoperante.

También se debería lograr la integración de nuevos países en la Unión, para potenciar tanto el peso demográfico como el económico. Y, por supuesto, habría que avanzar en un modelo de gobernanza que supere la toma de decisiones por unanimidad. Es cierto que este sistema permite una gran fortaleza de las decisiones tomadas, pero también implica muchos retrasos e incluso indecisiones en temas trascendentes que precisan rapidez.

En suma, para transitar este nuevo tiempo y seguir siendo una referencia internacional, a Europa solo le queda una vía de escape. Y esa vía es, curiosamente, ser aún más Europa. Es muy difícil, pero en tiempo de guerra es cuando las sociedades hacen los mayores esfuerzos y, según se mire, estamos librando una guerra en defensa de los valores liberales que nos definen como civilización.



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